Desde hace décadas operan en España pequeños ganaderos que han optado al 100% por el modelo de ganadería extensiva, aunque eso les suponga ir contracorriente, competir en desigualdad de condiciones con los grandes y buscar fórmulas alternativas para lograr la rentabilidad económica.

Ejemplo de este camino no transitado es el de las gallinas camperas como opción a la tradicional industria avícola, mayoritaria en España desde los años 60, década en la que las pequeñas explotaciones desaparecieron por completo.

En nuestro país, aproximadamente un 78% del huevo que consumimos procede de grandes industrias avícolas en las que las gallinas permanecen encerradas en jaulas dentro de naves, sin ver jamás la luz del sol ni respirar aire libre. Como podemos imaginar, en estos modelos avícolas el bienestar animal o la sostenibilidad no es la prioridad, sino la rentabilidad económica.

Estas granjas son grandes consumidoras de recursos (energía, agua…) y generadoras de residuos, lo que las está poniendo en el punto de mira de los consumidores más conscientes.

Pero existen otros modelos sostenibles y respetuosos que además son viables desde el punto de vista económico. En 1996 se fundó en Galicia Pazo de Vilane, la primera granja de gallinas camperas, criadas en lotes pequeños, en gallineros sin jaulas –donde ponen y duermen- y, sobre todo, con libre acceso todos los días a amplios pastos verdes (incluso en verano).

El modelo diferencial de esta granja especializada en campero –sólo produce este tipo de huevo- se basa en dos premisas: el bienestar animal por encima de todo, y la calidad del producto para conseguir que tenga valor propio en el mercado.

Este novedoso punto de vista dio el pistoletazo de salida a otras muchas pymes que se sumaron a esta visión.

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